lunes, 20 de noviembre de 2023

4 poemas de Ezra Pound y un epílogo

Llevaba varios años buscando la poesía de Ezra Pound. Desde que no asistía a las clases de cuarto y quinto semestre de Psicología, desde que prefería las charlas literarias en cantinas del centro de la ciudad (hoy ya abandonadas), desde que me pasaba horas y horas escarbando en los estantes de las librerías de usados de la zona 1. En aquellos días me conformaba con leer antologías y fragmentos de sus cantos en pdf, aunque siempre tuve en mente que debía de hacerme de un ejemplar, en algún momento, de una de las mejores ediciones que pudieron publicarse en habla hispana de la poesía poundiana, Personae, los poemas breves, edición bilingüe lanzada por la editorial española Hiperión, en traducción de Jesús Manárriz y Jenaro Talens. Hoy en día eso ya es un hecho cumplido, finalmente pude hacerme acreedor de un ejemplar. 

No fue cosa fácil (ni mucho menos barata), pero valió la pena los años de incansable búsqueda. La necedad de quienes buscamos poesía es, en la mayoría de casos, un defecto, pero no al menos en este, ya que encontrar el libro que define perfectamente la visión poética de un autor como Ezra Pound, es casi un milagro. Muchos dirán que el mejor Pound es el de Los Cantos, y algo de razón tendrán, pero la mayoría de estos desconoce o, en el peor de los casos, desestima la etapa más fructífera de ese salvaje erudito. Me refiero a la etapa «imaginista» o «imagista». La creación de la imagen poética, de la imagen breve y concisa, definitivamente se encuentra en esta etapa, esa que se extendió desde sus poemas de 1908, pasando por Ripostes, luego por Lustra, por Cathay, hasta finalizar en Hugh Selwyn Mauberley. Todo esto contenido en un constante viaje a través de las visiones poéticas de los griegos, de los latinos, de los españoles, de los chinos y de los japoneses, renovando hasta la más pequeña partícula de sus expresiones. 

La edición de Hiperión es, sin duda alguna, la mejor publicación que se pudo hacer en habla hispana de la obra de Pound. Hasta la fecha es quizás el mejor título que forma parte de mi pequeña biblioteca. Es por eso que decidí compartirles cuatro poemas de Pound y este pequeño epílogo que pretende cerrar un comentario breve de su poesía, aunque no sé si sea posible hacer comentarios breves de su obra ya que, como bien mencionó alguna vez Roberto Bolaño: «Pound no era un autor, era toda una literatura».

EL MENSAJE DE MR. HOUSMAN

Oh, ay, ay,
la gente nace y muere,
también nosotros moriremos pronto,
por consiguiente hagamos como si estuviésemos
             ya muertos.
 
El pájaro se posa en el espino
pero muere también, algo más tarde.
Unos mueren colgados y otros de un disparo,
el destino humano es lamentable.
             ¡Ay!, ay, etcétera…

Londres es un sitio funesto.
Shropshire es mucho mejor.
Así que sonriamos un momento
sobre la gracia mórbida de la amable naturaleza.
             ¡Oh, ay, ay, ay etcétera...

de Poemas de 1908-1919

UNA MUCHACHA

El árbol penetró en mis manos,
la savia subió por mis brazos,
el árbol creció en mi pecho;
hacia abajo,
me crecieron ramas, como brazos.
 
Árbol eres,
musgo eres,
eres violetas que el viento sobrevuela.
Eres una criatura —tan alta,
y todo esto es locura para el mundo.

de Ripostes (1912)

LA CIUDAD DE CHOAN

Los fénices están jugando en su terraza.
Los fénices se han ido, el río fluye solitario.
Flores y hierba
cubren la oscura senda
           donde descansa la casa dinástica de los Go.
Los brillantes vestidos y los brillantes gorros de los Shin
son ahora la base de colinas antiguas.
 
Las Tres Montañas caen a través del cielo lejano,
la isla de la Garza Blanca
           divide la corriente en dos.
Ahora las altas nubes han cubierto el sol,
y yo no puedo ver Choan a lo lejos
y estoy triste.
 
            Rihaku

de Cathay (1915) "Cuatro poemas de partida"

ENVOI (1919)

Ve, libro mudo de nacimiento,
y dile a la que antaño me cantó aquella canción de Lawes:
si no tuvieses más canciones
que vasallos has conocido,
habría en ti motivo que condenara
hasta las culpas que sobre mí pesan,
y de sus glorias construir su longevidad.
 
Dile a quien derramó
tal tesoro en el aire
contando sólo con que sus gracias dieran
vida al momento,
que le prometo yo que vivirá
como las rosas en el ámbar mágico,
de un rojo realzado con naranja y todo hecho
una sóla substancia y un único color
desafiando al tiempo.
 
Dile a la que camina
con canción en los labios
pero no canta la canción ni sabe
quién la compuso, que alguna otra boca,
tan hermosa tal vez como la suya,
puede que le conquiste adoradores en épocas futuras,
cuando con el de Waller yazgan mi polvo y el suyo,
cribas de cribas en el olvido,
hasta que la mudanza haya desvencijado
todas las cosas salvo la Belleza.

de Hugh Selwyn Mauberley (1920)




martes, 7 de noviembre de 2023

Anotaciones breves sobre «Pequeños poemas en prosa» e «Iluminaciones»

En estos días he estado leyendo un poco a Baudelaire y a Rimbaud de manera paralela, tratando de asimilar las coincidencias entre ellos, pero sobre todo sus distancias, mismas que Bolaño nombró como «el poeta adulto» y «el poeta adolescente». Para hacerlo, me di a la tarea de releer Pequeños poemas en prosa e Iluminaciones. Creo que algunos, sino es que todos, van a coincidir en que la obra de Baudelaire tuvo una enorme influencia en la de Rimbaud, y tendrán toda la razón, pero creo que también vale la pena esclarecer un poco las diferencias entre ambos planteamientos y visiones poéticas. Claro, no pretendo que este sea un análisis a fondo (consciente estoy de que mi visión es todavía limitada), sólo espero que estas breves anotaciones aclaren un poco el asunto.

Para empezar con esto (y espero mi argumento sea breve), cabe aclarar que hasta no leer de nuevo Pequeños poemas en prosa, publicado póstumamente en 1869 (aunque Baudelaire ya había lanzado algunos textos en la revista Le Présent antes de su muerte), no tenía ni idea que era la obra que el autor había pensado titular más tarde como El spleen de París, misma que Charles Mauron (traductor francés) citó alguna vez como «el último Baudelaire». Compuesta por 50 poemas en prosa, que originalmente eran 20, en esta obra Baudelaire manifiesta ese desasosiego y pesar que caracteriza a la sociedad de París de esa época, pesar que también englobaba al mundo de entonces, mismo que el poeta logra canalizar para entablar un profundo diálogo poético con la noche (refugio del poeta, ergo refugio del hombre), lleno de ensoñaciones y ensimismamientos, pero nunca borrando a la sociedad en sí, sino asimilándola en su interior y haciendo de ella una fuente de reflexión. Baudelaire era capaz de digerir hasta la más pequeña partícula de la condición humana.

Por otro lado Iluminaciones, que considero supera con creces a Una temporada en el infierno, obra a la que le manifesté una profunda devoción en el pasado. Como reza en el prefacio de la primera edición, lanzada en 1887 por quien fue en su momento su amante y mentor, Paul Verlaine, la obra es «un paisaje de cuentos de hadas y adorables amores esbozados». En ella considero que Rimbaud alcanza la madurez poética, misma que aún me pregunto si estuvo ausente en sus composiciones anteriores. Plagados de instantes de asombro adolescente, recreaciones urbanas, rurales y sombras de sueños, el autor logra en sus poemas un logro similar al de Baudelaire, rozando los misterios de la humanidad y, en algunas ocasiones, revelándolos. En ese sentido considero que son más poéticas que las de Baudelaire, pero menos precisas, como nubes borrosas, pero en ocasiones incluso más bellas.

Ahora bien, en lo que se refiere a las diferencias, sin duda alguna la que considero la más marcada, en mi visión limitada, es el estilo. Baudelaire pretendía poner sobre la mesa las contradicciones de la vida moderna y el abandono del propio hombre en su época, meta que logra exitosamente mediante el uso de la narración reflexiva de su propio pensamiento y experiencias. Por otro lado, Rimbaud recurre a la creación de imágenes sucesivas, que más parecen versos dentro de un texto prosaico. Sin duda las composiciones de Baudelaire son de una madurez y crítica mayor, pero las de Rimbaud gozan de una intuición no menos efectiva acerca de los misterios que visten a la naturaleza humana. Si bien es cierto que la obra de Baudelaire «engendró» a la de Rimbaud en muchos sentidos, esta última supo muy bien como desligarse de su predecesora.

En este punto, no puedo hacer sino remitirme una vez más a las palabras de Bolaño: «Baudelaire es una roca, es fuertísimo... y aunque parezca que se va por la desmesura, es un escritor de un gran sentido común... Baudelaire, que era un drogadicto, un borracho, en realidad es un padre de familia y es el abuelo sensato»; por otro lado Rimbaud: «es un gesto más que un acto de adolescente, del adolescente frágil, inerme, que apuesta lo poco que tiene por algo que no se sabe muy bien qué es, y que generalmente pierde». Cerrar con ese declaración tan precisa de Bolaño sólo confirma que ambas visiones poéticas, tan alejadas entre sí, no son sino lo que siempre han sido, «poesía en su más pura manifestación». Aún en sus diferencias, no dejan de ser expresiones poéticas genuinas. Acompaño estos breves comentarios con una imagen de alguna universidad parisina, donde habitan estos murales de los poetas. Pasé casi dos horas buscando el nombre de la universidad para poder incluirla en el texto, pero por más que me esforcé, no pude encontrarlo.


(imagen de Google)