Llevaba varios años buscando la poesía de Ezra Pound. Desde que no asistía a las clases de cuarto y quinto semestre de Psicología, desde que prefería las charlas literarias en cantinas del centro de la ciudad (hoy ya abandonadas), desde que me pasaba horas y horas escarbando en los estantes de las librerías de usados de la zona 1. En aquellos días me conformaba con leer antologías y fragmentos de sus cantos en pdf, aunque siempre tuve en mente que debía de hacerme de un ejemplar, en algún momento, de una de las mejores ediciones que pudieron publicarse en habla hispana de la poesía poundiana, Personae, los poemas breves, edición bilingüe lanzada por la editorial española Hiperión, en traducción de Jesús Manárriz y Jenaro Talens. Hoy en día eso ya es un hecho cumplido, finalmente pude hacerme acreedor de un ejemplar.
No fue cosa fácil (ni mucho menos barata), pero valió la pena los años de incansable búsqueda. La necedad de quienes buscamos poesía es, en la mayoría de casos, un defecto, pero no al menos en este, ya que encontrar el libro que define perfectamente la visión poética de un autor como Ezra Pound, es casi un milagro. Muchos dirán que el mejor Pound es el de Los Cantos, y algo de razón tendrán, pero la mayoría de estos desconoce o, en el peor de los casos, desestima la etapa más fructífera de ese salvaje erudito. Me refiero a la etapa «imaginista» o «imagista». La creación de la imagen poética, de la imagen breve y concisa, definitivamente se encuentra en esta etapa, esa que se extendió desde sus poemas de 1908, pasando por Ripostes, luego por Lustra, por Cathay, hasta finalizar en Hugh Selwyn Mauberley. Todo esto contenido en un constante viaje a través de las visiones poéticas de los griegos, de los latinos, de los españoles, de los chinos y de los japoneses, renovando hasta la más pequeña partícula de sus expresiones.
La edición de Hiperión es, sin duda alguna, la mejor publicación que se pudo hacer en habla hispana de la obra de Pound. Hasta la fecha es quizás el mejor título que forma parte de mi pequeña biblioteca. Es por eso que decidí compartirles cuatro poemas de Pound y este pequeño epílogo que pretende cerrar un comentario breve de su poesía, aunque no sé si sea posible hacer comentarios breves de su obra ya que, como bien mencionó alguna vez Roberto Bolaño: «Pound no era un autor, era toda una literatura».
EL MENSAJE DE MR. HOUSMAN
Oh, ay, ay,
la gente nace y muere,
también nosotros moriremos pronto,
por consiguiente hagamos como si estuviésemos
ya
muertos.
El pájaro se posa en el espino
pero muere también, algo más tarde.
Unos mueren colgados y otros de un disparo,
el destino humano es lamentable.
¡Ay!, ay, etcétera…
Londres es un sitio funesto.
Shropshire es mucho mejor.
Así que sonriamos un momento
sobre la gracia mórbida de la amable naturaleza.
¡Oh, ay, ay, ay etcétera...
de Poemas de 1908-1919
UNA MUCHACHA
El árbol penetró en mis manos,
la savia subió por mis brazos,
el árbol creció en mi pecho;
hacia abajo,
me crecieron ramas, como brazos.
Árbol eres,
musgo eres,
eres violetas que el viento sobrevuela.
Eres una criatura —tan alta,
y todo esto es locura para el mundo.
de Ripostes (1912)
LA CIUDAD DE CHOAN
Los fénices están jugando en su terraza.
Los fénices se han ido, el río fluye solitario.
Flores y hierba
cubren la oscura senda
donde
descansa la casa dinástica de los Go.
Los brillantes vestidos y los brillantes gorros de los
Shin
son ahora la base de colinas antiguas.
Las Tres Montañas caen a través del cielo lejano,
la isla de la Garza Blanca
divide la corriente en dos.
Ahora las altas nubes han cubierto el sol,
y yo no puedo ver Choan a lo lejos
y estoy triste.
Rihaku
de Cathay (1915) "Cuatro poemas de partida"
ENVOI (1919)
Ve, libro mudo de nacimiento,
y dile a la que antaño me cantó aquella canción de
Lawes:
si no tuvieses más canciones
que vasallos has conocido,
habría en ti motivo que condenara
hasta las culpas que sobre mí pesan,
y de sus glorias construir su longevidad.
Dile a quien derramó
tal tesoro en el aire
contando sólo con que sus gracias dieran
vida al momento,
que le prometo yo que vivirá
como las rosas en el ámbar mágico,
de un rojo realzado con naranja y todo hecho
una sóla substancia y un único color
desafiando al tiempo.
Dile a la que camina
con canción en los labios
pero no canta la canción ni sabe
quién la compuso, que alguna otra boca,
tan hermosa tal vez como la suya,
puede que le conquiste adoradores en épocas futuras,
cuando con el de Waller yazgan mi polvo y el suyo,
cribas de cribas en el olvido,
hasta que la mudanza haya desvencijado
todas las cosas salvo la Belleza.
de Hugh Selwyn Mauberley (1920)

