"La puerta" es el poema obertura de Fin de Mundo, una de las últimas obras de Neruda en donde deja entrever ese desarraigo a muchos de sus ideales pasados y menoscaba en la fatalidad del siglo XX. La fotografía es del propio Neruda y data de 1948, durante su vida en la clandestinidad dentro de su propio país a causa de su artículo La crisis democrática de Chile es una advertencia dramática para nuestro continente, que más tarde fue conocido como Carta íntima para millones de hombres publicado en el diario El Nacional de Caracas, lo que provocó la petición de González Videla a los tribunales por el desafuero de Neruda y, a raíz de eso, posteriormente se emitiría la orden de su captura.
Este poema se ha vuelto imprescindible en esta época.
LA PUERTA
Qué siglo permanente!
Preguntamos:
Cuándo caerá? Cuándo se irá de bruces
al compacto, al vacío?
A la revolución idolatrada?
O a la definitiva
mentira patriarcal?
Pero lo cierto
es que no lo vivimos
de tanto que queríamos vivirlo.
Siempre fue una agonía:
siempre estaba muriéndose:
amanecía con luz y en la noche era sangre:
llovía en la mañana, por la tarde lloraba.
Los novios encontraron
que la torta nupcial tenía heridas
como una operación de apendicitis.
Subían hombres cósmicos
por una escala de fuego
y cuando ya tocábamos
los pies de la verdad
ésta se había marchado a otro planeta.
Y nos mirábamos unos a otros con odio:
los capitalistas más severos no sabían qué hacer:
se habían fatigado del dinero
porque el dinero estaba fatigado
y partían los aviones vacíos.
Aún no llegaban los nuevos pasajeros.
Todos estábamos esperando
como en las estaciones en las noches, de invierno:
esperábamos la paz
y llegaba la guerra.
Nadie quería decir nada: todos
tenían miedo de comprometerse:
de un hombre a otro se agravó la distancia
y se hicieron tan diferentes los idiomas
que terminaron por callarse todos
o por hablarse todos a la vez.
Sólo los perros siguieron ladrando
en la noche silvestre de las naciones pobres.
Y una mitad del siglo fue silencio:
la otra mitad los perros que ladraban
en la noche silvestre.
No se caía el diente amargo.
Siguió crucificándonos.
Nos abría una puerta, nos seguía
con una cola de cometa de oro,
nos cerraba una puerta, nos pegaba
en el vientre con una culata,
nos libertaba un preso y cuando
lo levantábamos sobre los hombros
se tragaba a un millón el calabozo,
otro millón salía desterrado,
luego un millón entraba por un horno
y se convertía en ceniza.
Yo estoy en la puerta partiendo
y recibiendo a los que llegan.
Cuando cayó la Bomba
(hombres, insectos, peces calcinados)
pensamos irnos con el atadito,
cambiar de astro y de raza.
Quisimos ser caballos, inocentes caballos.
Queríamos irnos de aquí.
Lejos de aquí, más lejos.
No solo por el exterminio,
no sólo se trataba de morir
(fue el miedo nuestro pan de cada día)
sino que con dos pies ya no podíamos
caminar. Era grave
esta vergüenza
de ser hombres
iguales
al desintegrador y al calcinado.
Y otra vez, otra vez.
Hasta cuándo otra vez?
Ya parecía limpia la aurora
con tanto olvido con que la limpiamos
cuando matando aquí matando allá,
continuaron absortos
los países
fabricando amenazas y guardándolas
en el almacén de la muerte.
Sí, se ha resuelto, gracias:
nos queda la esperanza.
Por eso, en la puerta, espero
a los que llegan a este fin de fiesta:
a este fin de mundo.
Entro con ellos pase lo que pase.
Me voy con los que parten
y regreso.
Mi deber es vivir, morir, vivir.
(Imagen de google)

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