En el cine de autor (fuertemente relacionado con el término indie) hay muchas obras que han sabido marcar a toda una generación; piezas con la capacidad de romper los paradigmas ya establecidos en el género. Muchas de estas películas son primeros proyectos de genios tempranos. Taxi driver (1976), Ven y mira (1985), Trainspotting (1996), Amores perros (2000), son sólo algunos títulos que me vienen a la mente al hablar del tema. Quizás la razón por la cual impusieron un antes y un después dentro del cine, no sólo se limite a su innovación en el uso del lenguaje cinematográfico, sino porque fueron una representación fidedigna del espíritu de su época. La sensación de pérdida y soledad durante las crisis político-económicas, la deshumanización de los jóvenes arrastrados a los conflictos bélicos, el crecimiento de las adicciones en las juventudes abandonadas por su propio país o la necesidad de una estabilidad familiar y emocional. Leí en alguna ocasión que el arte no sólo describe a su época, sino que la interpela y establece un diálogo activo con ella.
Partiendo desde lo anteriormente planteado, no es posible hablar del cine de la primera década de los dos mil sin forzosamente remitirse a Lost in translation (2003), de Sofia Coppola. Tan conocido el apellido Coppola dentro de Hollywood que nombrarlo ya es hasta un lugar común, pero no en el caso de Sofia. Apareciendo como una prometedora cineasta a principios del segundo milenio con su ópera prima Las vírgenes suicidas (1999), el cine de Coppola vino a instalarse como una mirada fresca para la industria cinematográfica. La habilidad de retratar esa inocencia interrumpida y la adolescencia, se convirtió en su firma personal, siendo Lost in translation el mejor ejemplo de eso. Pero, ¿qué hace a Lost in translation el binocular con el cual explorar la condición humana de la nueva generación entrada en el siglo XXI? Mi respuesta personal a esa interrogante se resumiría en tres palabras: pérdida, angustia y madurez.
Creo que la mayoría (sino es que todos) coincidirá conmigo si digo que al perder y/o renunciar a algo realmente valioso para nosotros (un libro, un par de zapatos viejos, una marca de cigarros, un juguete, una persona), no sólo nos embarga una enorme tristeza, sino que también parece que hemos abandonado una gran parte de lo que fuimos, de nuestra identidad. En Lost in translation esta pérdida y/o renuncia no es sino la renuncia a la infancia (al menos así lo veo yo), retratada tanto en el personaje de Scarlett Johansson, Charlotte, como en el de Bill Murray, Bob Harris. Ese encuentro (un tanto casual, un tanto furtivo) entre los personajes, esa dinámica que se expone en la pantalla no es sino la representación de que, cuando nos han «arrancado» o más bien cuando hemos «extraviado» aquello que aseguraba nuestro lugar en nuestro presente, nos volvemos sólo «figuras flotando entre un mar de cabezas artificiales», sin nada que nos sujete a la realidad, a ese espacio seguro, a esa infancia detenida. La pérdida es elemental en el desarrollo de nuestra identidad, sobretodo la pérdida de la inocencia.
Por otra parte está la angustia, misma que Kierkegaard definió con el siguiente ejemplo: «Cuando un hombre (persona) mira al borde, experimenta un miedo definido a caer, pero, al mismo tiempo, siente un aterrorizante impulso de tirarse intencionalmente al vacío». Claro, no intento decir que la obra de Coppola es kierkegreana (nada más lejos de la verdad), pero el miedo y el impulso de dejarse caer en el vacío es algo que está presente en toda la película. Charlotte (Johansson) está claramente insegura de su matrimonio, de su carrera y no parece siquiera conocer su lugar en el mundo; Bob (Murray), siendo un actor en la crisis de la mediana edad, sin trabajo, sin amigos y sin vínculos reales, sólo parece tener su pasado. El terror a lo incierto puede estar presente tanto en los veinte como en los cuarenta, pero también el impulso de lanzarse a lo desconocido, pues tanto Charlotte como Bob deciden arriesgarse a sentir, aunque sea brevemente, algo más que la angustia, a compartir algo más que la incertidumbre, algo más que la oscuridad: la esperanza. Parafraseando a Louis Glück, al final del sufrimiento nos espera una puerta, que es equivalente a decir que, al final de la infancia, nos espera una vida.
Eso nos deja con la conclusión de la película: la madurez, la asimilación de que la infancia ya se ha ido. Pueda que se pregunten porqué no recurrí al concepto de «adultez», cuando parece tan evidente que era el que quería utilizar. La razón por la cual reemplazo «madurez» por «adultez», es porque este último término ya está ligado a la arbitrariedad. Además, tampoco parece ser lo que tenía en mente Coppola para el cierra de la película, ya que no vemos a dos niños convertirse en adultos, sino más bien vemos a dos personas aceptar la pérdida de la infancia, que no es lo mismo que la niñez. Sé es niño sólo en cierta etapa de la vida, pero podemos estar atrapados en la infancia indefinidamente. En la cinta, tanto el personaje de Johansson como el de Murray, parecen estancados en ese vórtice de la infancia, y es sólo cuando se arrojan fuera de él que comienza su transformación. Es ahí donde se da el crecimiento de ellos como personas, es ahí donde Charlotte y Bob se encuentran a sí mismos, abrazados, susurrándose que ya nada podrá perturbarlos. No se necesita demasiado para afrontar ese momento, tan sólo una verdadera conexión. Es ahí donde la madurez nos encuentra, cuando aprendemos a asimilar la pérdida y la angustia de la mano de la persona más insospechada o sólo de la mano de nosotros mismos.
Sin duda Lost in translation es una de las mejores películas del siglo XXI y uno de los máximos referentes del cine en la actualidad. Si bien Coppola parece haber mermado en su estilo cinematográfico en sus últimos proyectos (Priscilla no fue sino otra biopic sin alma y On the rocks me pareció horrible), es innegable que su segundo proyecto sigue estando vigente, no sólo como la obra que le permitió ganarse el reconocimiento a nivel mundial, sino como su máxima tarjeta de presentación. Podríamos eliminar el resto de su cinematografía y sólo Lost in translation sostendría su nombre. No por nada fue mi película favorita por más de una década, pero al igual que Charlotte y Bob, llega un punto de abrazar la infancia, apreciarla por última vez y dejarla ir, caminando entre la multitud, mientras abordamos un taxi hacia lo incierto, en busca de nuevos horizontes cinematográficos y de nuevos horizontes emocionales.
(imagen de google)